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Opinión

Cambia todo cambia, también el centro político

El centro político tradicional en Chile ha desaparecido, dejando paso a un escenario más fragmentado y desarticulado. Los votantes chilenos ya no se identifican con partidos o posiciones de centro, sino que buscan alternativas que desafían al sistema político establecido. El eje izquierda-derecha sigue vigente, pero el centro se ha transformado en un espacio de disputa y desafección, explica Bastián Garcés en esta columna de opinión.

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Cambia todo cambia
Cambia todo cambia

Cambia todo cambia, también el centro político.

Una de las ideas fuerza que ha rondado la discusión política, al menos durante las dos últimas elecciones, es que los candidatos que pasan al balotaje (segunda vuelta) deben moderarse y apuntar al llamado centro político. Sin embargo, la experiencia empírica demuestra que ese centro no existe, al menos no como lo entienden las dirigencias de los partidos políticos.

Esto, en todo caso, no significa que el eje izquierda–derecha esté agotado. Sigue ordenando la política chilena con bastante más fuerza de lo que algunos quieren admitir: estructura programas, define alianzas, organiza conflictos culturales y expresa modelos de desarrollo en pugna. Lo que sí está agotado es otra cosa: la idea de que el centro es una posición fija, estable y reconocible entre ambos polos, dotada de identidad propia y vocación de equilibrio. Ese centro, al que siguen apuntando analistas y políticos, dejó de existir hace tiempo.

Durante décadas, el centro chileno tuvo nombres, partidos y un electorado relativamente coherente. La Democracia Cristiana, el Partido Radical y, más tarde, el PPD articularon una posición relacional clásica, en el sentido bobbiano (Norberto Bobbio): un punto intermedio entre una izquierda nítida y una derecha definida. Ese centro no era neutro, pero sí reconocible. Y, sobre todo, concentraba votos.

Una forma de observar cómo ese patrón comenzó a erosionarse de manera sostenida es a través de los resultados de las elecciones de diputados. Más allá de los escaños —que dependen del sistema electoral— lo relevante es la trayectoria del voto.

Desde mediados de los años 2000, y con mayor fuerza tras la introducción del voto voluntario, el centro histórico pierde peso electoral de manera persistente. No hay un traspaso masivo hacia la izquierda ni hacia la derecha: hay dispersión. A ese espacio se suman nuevas expresiones que intentan ocuparlo desde fuera de la vieja Concertación —como los liberales, Amplitud o Evópoli—, pero el resultado no es recomposición, sino fragmentación. El centro deja de ser un bloque reconocible y se transforma en un archipiélago.

En las elecciones de concejales el fenómeno se profundiza. No porque el votante sea menos racional, sino porque la cercanía del cargo expone con mayor crudeza la debilidad de la oferta política. El concejal es visible, próximo, con funciones claras; aun así, el centro pierde votación de manera transversal y sostenida. Crecen las listas débiles, la dispersión partidaria y, progresivamente, el voto nulo y blanco. No se trata de apatía ni de “baja información”: es una forma de castigo frente a opciones que ya no logran articular representación.

En la elección de consejeros regionales el cuadro es aún más elocuente. El CORE es un cargo nuevo, distante, poco comprendido y con baja identificación ciudadana. Allí donde la institución es más abstracta, el centro deja de cumplir cualquier función moderadora. El aumento del voto nulo y blanco es significativo, pero también lo es el desempeño de fuerzas que no se definen por su ubicación ideológica tradicional. En ese vacío, la desafección no se traduce solo en rechazo, sino también en adhesión a ofertas que se presentan como externas al sistema político.

Es en ese contexto donde emerge el Partido de la Gente. No como “nuevo centro” en el sentido clásico, sino como una nueva forma de centralidad. El PDG no propone una síntesis entre izquierda y derecha ni una moderación programática. Su lógica es distinta: se mueve en función del conflicto dominante y construye identidad desde una apelación antiélite, antiestablishment y antiintermediación. En términos analíticos, opera menos en el eje horizontal izquierda–derecha y más en una lógica vertical, como ha descrito Pierre Ostiguy para el populismo contemporáneo.

Los resultados presidenciales confirman este desplazamiento. En 2021, Franco Parisi se posicionó como el tercer candidato más votado, superando a Yasna Provoste, la última candidatura competitiva del centro histórico. En 2025, el patrón se repite: Parisi vuelve a quedar tercero, esta vez por sobre Evelyn Matthei, cuya estrategia explícita fue moderar el discurso y disputar el electorado centrista. En ambos casos, cuando el centro intenta presentarse como proyecto político, es derrotado por una candidatura que no ofrece equilibrio ni síntesis, sino rechazo al sistema político tal como está organizado.

El comportamiento del PDG —apoyo a José Antonio Kast en 2021, Rechazo en 2022, definición institucional por el A Favor en 2023 con descuelgue parlamentario y llamado a votar nulo en el balotaje de 2025— podría leerse como incoherencia, pero hacerlo sería un error. Esa trayectoria no expresa vacilación ideológica, sino consistencia populista. El adversario no es la izquierda o la derecha, sino la elite política que controla los procesos y administra el poder. El eje izquierda–derecha no desaparece: es utilizado sin ser habitado.

Esto permite entender también las tensiones internas del PDG. Las diferencias entre figuras como Pamela Jiles y Javier Olivares no son anomalías, sino expresiones de una misma lógica antiélite que puede inclinarse hacia sensibilidades distintas según el conflicto del momento. El problema estructural del partido no es su diversidad, sino su dificultad para coordinar poder institucional. El populismo funciona bien para captar votos; funciona mal para organizar disciplina, mediación y acción parlamentaria sostenida.

La conclusión es incómoda, pero necesaria. El centro no desapareció: cambió de naturaleza. Ya no es una identidad programática ni un punto de equilibrio entre polos ideológicos. Es un espacio de disputa, de desafección y de rechazo a la intermediación política tradicional. Seguir buscándolo con las categorías del pasado —como si bastara moderar el discurso o reconstruir viejas alianzas— es persistir en el error analítico.

Esto supone un problema más profundo. No solo en la lógica del análisis político y del funcionamiento del Poder Legislativo —el PDG ya se quebró durante la legislatura 2022–2026 y corre el riesgo de una implosión en el nuevo ciclo que comenzará el 11 de marzo de 2026—, sino también en los desafíos que enfrenta la izquierda para repensar su programa político y entender a qué nuevos votantes puede hablarles, especialmente considerando el retorno del voto voluntario.

Esto debería formar parte de la autocrítica que la izquierda debe realizar tras la derrota del 14 de diciembre. No se trata únicamente de lo que algunos llamaron “enchular la jaraneta”, sino de comprender cuáles son las sensibilidades y deseos de los nuevos votantes que ingresaron al sistema electoral, y cómo un nuevo programa de izquierda puede apelar a ellos para reconstruir mayorías electorales y hegemonía política. Esta columna no busca responder esa pregunta, sino poner el acento en qué preguntas es necesario hacerse para poder analizar correctamente el escenario.

Cambia, todo cambia. El eje izquierda–derecha sigue ahí. Lo que ya no existe es el centro tal como lo conocimos. Y mientras no asumamos ese desplazamiento, seguiremos leyendo mal el país que vota.