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Opinión

Padre Raúl Feres: Ninguna calle llevará tu nombre

No se puede negar que Raúl Feres llegó a ser una figura clave del poder en Maipú. Sin duda acumuló influencia y lealtades mientras callaba ante la dictadura y utilizaba su investidura para mantener ciertos privilegios. Su sanción por "conducta inapropiada" no hizo más que confirmar que, detrás del carisma y la autoridad, había un hombre que traicionó los principios que decía defender.

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raul feres
raul feres

La muerte de una figura pública obliga a trazar la línea final de su legado. Con el fallecimiento del Padre Raúl Feres, la historia de Maipú no despide a un santo, sino a una compleja figura de poder cuyas sombras fueron siempre más largas que sus luces.

A Feres lo conocí siendo un bebé, pues me bautizó en la capilla del Colegio Mater Purissima de Maipú. Vengo de una familia donde el patriarca (mi abuelo Manuel) era profundamente creyente.

Los años pasaron y, a pesar de los intentos de mi abuelo por llevarme por el camino de la fe, decidí tempranamente dejar de creer. Asumo que leí mucho y que la biblia me hizo menos sentido que los textos que decidí leer.

La siguiente ocasión en que mi historia se cruzó con Feres la situación era distinta. Tenía 21 años y había fundando El Pastiche, un diario maipucino en formato web e impreso que venía a desordenar la comuna. El típico proyecto universitario en donde metí todos los bríos propios de la juventud.

En la segunda edición del impreso, que salió en septiembre de 2004 hice un especial de la dictadura militar. Mostré en el diario los lugares de Maipú donde se torturó a vecinos y vecinas y comencé a reportear, escuchando historias de personas que, en la dictadura militar, tuvieron que permanecer en silencio.

El nombre de Feres se repitió varias veces. Distintos personas, todas católicas, me contaban que en plena dictadura acudían a pedirle ayuda a Raúl Feres porque tenían hijos detenidos en centros donde se cometía tortura y que la respuesta del Padre era: “Algo habrán hecho”.

Mi reporteo me entregó un perfil de Feres. Un cura que no estuvo a la altura de otros, que sí se la jugaron por la defensa de los Derechos Humanos en una época oscura. Y la de un tipo que supo navegar las aguas del poder con encanto y maestría. El Maipú post dictadura fue gobernado por largos años por la Democracia Cristiana y los alcaldes de la época: Herman Silva, Alberto Undurraga e incluso Christian Vittori, siempre lo tuvieron en la más alta de las estimas.

En la edición N°2 de El Pastiche decidí escribir una editorial que titulé “Raúl Feres: El Aristocura”, en la que dije, en términos simples y con todas sus letras, que el rector del Templo Votivo de Maipú había sido cómplice de la dictadura y alguien que siempre privilegió a las elites, por sobre el maipucino de a pie.

Recuerdo que ese diario impreso no me lo aceptaron en ningún kiosco. Roberto Sepúlveda (UDI) era alcalde y los kiosqueros no querían que sus patentes no fuesen renovadas. Así que tomé las 3000 ediciones impresas y me subí a los buses a regalarlo y pedir una cooperación. Recuperé el dinero de la imprenta, y pude seguir sacando números impresos, aunque eso es otra historia.

Mi trabajo en el diario lo compatibilizaba con clases de periodismo y un hijo que aún era un bebé. Un día mi mamá me dijo que había llegado una carta certificada a mi nombre. La abrí y era un texto escrito por el abogado Luis Valentín Ferrada, quien me decía que un grupo de vecinos se habían acercado de forma espontánea para pedirle interceder por el Padre Raúl Feres. Que mis dichos en la editorial eran falsos y que me invitaba a dejar de escribir sobre el cura, caso contrario podía terminar en prisión.

Mi mamá y mi abuela se asustaron y mi abuelo se “enchuchó”. Él era un católico practicante, de esos que pagaron el 1% toda su vida y no le gustaba que me metiera en las patas de los caballos, aunque sabía que lo que escribí no era mentira.

Y sí, Luis Valentín Ferrada era hijo del Doctor Ferrada, alcalde de Maipú en dictadura. En su rol de abogado defendió a Miguel Krassnoff, un militar chileno involucrado como alto agente de la DINA, responsable de secuestros, torturas y desapariciones políticas durante la dictadura de Pinochet. Fue condenado repetidamente por crímenes de lesa humanidad y actualmente cumple sentencia por más de mil años de prisión.

Recuerdo que llegué a mi universidad y le dije a mi profesor José Ale (El gato Ale) que me había llegado este papel y lo recuerdo dándome un abrazo y felicitándome. Me explicó que incomodar al poder era parte de nuestro rol y que estas cosas eran medallas. «No será la última carta, ni demanda que te llegue», me dijo. Y tenía razón.

A Feres lo defendían personas con harto poder y quisieron -con 21 años- amedrentarme.

El encontrón con Feres Shalup

Algunos años después vino Colo Colo a jugar al Estadio Bueras. Feres, hincha del equipo albo, estuvo presente. El partido terminó y lo divisé en el pasto de Bueras conversando con alguien. De pronto, ese alguien me apuntaba y de pronto tenía a Feres preguntándome si yo era el que había escrito la editorial.

Mientras esto sucedía, me tomó fuerte del brazo y con la misma fuerza me solté y le dije que sí, que yo lo había escrito y que lo hacía en nombre de vecinas y vecinos que tenían una mala impresión de su rol durante la dictadura. A los gritos me dijo que eso era imposible, que todos lo querían y le recordé que la soberbia era un pecado capital. También le dije que era poco creíble su teoría de que todos los vecinos lo quisieran.

No recuerdo bien quien nos separó, pero la pelea fue a gritos. Me recuerdo después del encontrón algo asustado. No era cualquier persona la que me confrontaba, pero me aferré a las fuentes y a la certeza de que lo que dije en esa editorial no era mentira.

El romance de Feres

Por años el historiador local Camilo Montalbán escribió en su diario digital sobre el romance entre el Padre Feres y una funcionaria de la Corporación de Educación Municipal de Maipú: CODEDUC. Incluso, en una de sus crónicas, indicó que cuando un gerente quiso remover a la mujer de su cargo, el Padre Raúl Feres fue personalmente a hablar con el alcalde de turno para revertir la situación: y lo consiguió.

De las crónicas de Montalbán se dijo de todo para desacreditarlas. El séquito de seguidores de Feres era -en esos años- grande, y estaban distribuidos en varias esferas del poder en Maipú.

El 29 de octubre de 2024, la congregación de Schoenstatt en Chile a la que pertenecía Feres publicó un documento llamado “Purificación de la Memoria 1965-2024” en que se detallan casos de situaciones abusivas cometidas por sacerdotes de esa orden. En total son veintiocho víctimas abusadas por ocho sacerdotes: uno de los casos involucra a Feres.

El documento señala que el año 2018 se realizó una denuncia en su contra. El año 2019 se realizó una investigación previa que concluyó que «entre 2012 y 2019 el sacerdote incurrió en conductas que transgredieron los límites corporales con una mujer mayor de edad, que están contra el sexto mandamiento del decálogo y con una manifiesta asimetría en la relación»

Por los actos cometidos por Feres, indica el informe publicado: «el Superior Provincial impuso una serie de medidas sancionatorias: Amonestación Canónica, fijación de domicilio y otras medidas disciplinarias».

Asimismo, el documento de Schoenstatt señala que este año 2024, «se concluyó otra Investigación Previa motivada por diversos antecedentes y rumores dispersos en el tiempo. Los hechos acreditados en dicha investigación, si bien no constituyen delito, se determina que son comportamientos inapropiados».

De esta manera Feres caía en desgracia. No por su inacción en la dictadura. No por haber usado su influencia de manera, a lo menos, cuestionable. Caía porque se acreditaba que había sostenido una relación amorosa con una mujer mayor.

Acá es fundamental entender que la sanción contra el padre Raúl Feres no se trata de una cuestión de moralidad sexual anacrónica, sino de una grave falta ética arraigada en la insalvable asimetría del poder. Como sacerdote y líder espiritual, Feres no interactuaba como un igual. Ostentaba una autoridad simbólica y pastoral que lo situaba en una posición de inmensa influencia sobre quienes buscaban su guía.

Al cruzar el límite hacia una relación personal con una mujer —independientemente de la edad o el consentimiento aparente de esta—, Feres contravino el principio más sagrado de su investidura: el deber de cuidado. Abusó de la confianza depositada en él, utilizando su poder no para guiar espiritualmente, sino para satisfacer necesidades personales. Esto no fue un asunto privado, sino una perversión de su función pública.

Ninguna calle llevará tu nombre

Seamos claros. Feres lo que hizo fue quebrar el pacto ético fundamental que debe existir entre un guía espiritual y la comunidad que le entrega su fe. Es precisamente esta grave falta ética la que algunos, desde la lealtad ciega, intentan hoy blanquear o minimizar. Escribo esta columna no con ánimo de revancha. De hecho, con Feres nos encontramos años después (antes que lo sancionaran por abuso) y a nuestra manera hicimos las paces. Hasta nos tomamos una foto juntos.

La escribo porque -aunque pocos- siguen quedando fanáticos de la figura del exRector que intentan reivindicar un supuesto legado de Feres. Leí una columna de Nelson Gallardo Ferrada, vecino de Maipú y profesor de Historia y Geografía que me hizo encender las alarmas.

En la columna, además de homenajear a su amigo, el autor construye una defensa emocional del padre Feres, pero para hacerlo recurre a varias falacias y tácticas retóricas que distorsionan la realidad de los hechos.

La defensa que construye Gallardo se apoya en pilares argumentativos muy frágiles. Primero, intenta minimizar la falta de Feres al celebrar que ‘no constituye delito’, como si el código penal fuera la única vara para medir la ética de un sacerdote. Olvida que la transgresión de Feres no fue legal, sino moral y de confianza. Luego, invalida la investigación de toda una comunidad para quedarse con la negación privada de su amigo, pidiéndonos que la lealtad personal pese más que la evidencia. La táctica más dolorosa es, quizás, la de invertir los roles, pintando a Feres como un ‘desterrado’ que murió de ‘pena’, borrando así a la víctima original. Finalmente, ataca el proceso llamándolo ‘exagerado’, una forma sencilla de sembrar dudas sin aportar una sola prueba de su injusticia.

La idea de invertir los roles entre víctima y victimario es una táctica que en inglés se conoce como DARVO: Deny, Attack, Reverse Victim and Offender. En español se traduce como denegar el hecho, atacar a la víctima o acusador (cuestionando su credibilidad, motivaciones o carácter) y –revertir el papel de víctima y victimario, es decir, el abusador se presenta como la verdadera víctima, acusando a quien lo denuncia de ser agresivo, injusto o manipulador. Esta táctica puede ser muy efectiva para silenciar, confundir o desacreditar a la víctima, especialmente en contextos donde el abusador tiene poder o influencia.

La columna enmarca las consecuencias de las acciones de Feres (su reubicación) no como una sanción justa, sino como un castigo cruel e inhumano. Al usar palabras como «desterrado» y «exilio», y al atribuir su muerte a la «pena», el autor intenta transformar al responsable de la falta prácticamente en un mártir. Esta maniobra retórica desvía toda la atención y simpatía del lector hacia Feres, borrando por completo a la persona que fue objeto de su «comportamiento inapropiado».

Al final de la historia, nadie, más que un puñado de fanáticos o desinformados le rindió homenajes. De hecho, la cuenta en Instagram del Templo Votivo subió una historia anunciando el día de su funeral. No hubo homenajes (al menos públicos).

Los defensores de Feres seguirán existiendo. Y el lobby que desplegó en vida para zafar y tapar conductas impropias, seguirá funcionando en las sombras. Creo que Feres fue un poder fáctico que le falló a los principios que dijo defender y que, al final del día, su historia nos deja una lección contundente: la verdadera memoria no se construye con influencia ni con el silencio de los cómplices, sino con la integridad que a él le faltó. Por eso, y por las víctimas que nunca escuchó, ninguna calle llevará su nombre.